Era difícil imaginar hasta hace un tiempo que podrían suceder acontecimientos en contra de la prensa en Francia al igual como las asechanzas en contra del periodismo en Colombia.
Pero ahora, en consecuencia con los hechos ocurridos, se pueden establecer coincidencias por lo tortuoso y azaroso que resulta ejercer la actividad periodística en el país, al igual como sucede en Europa.
Tenemos radicales religiosos en Europa, mientras tenemos radicales políticos en Colombia, y además subsisten en el país los perpetradores de los fenómenos de corrupción y los protectores sesgados de ellos, los cuales la emprenden contra otros periodistas denunciantes o políticos opuestos a quienes patrocinan estas oscuras maniobras.
Ante esto resulta indignante que mientras la profesión se hace más peligrosa por culpa de los extremistas y de los fanáticos, ahora también aparezcan señalamientos sin mayor fundamento, tan funestos como un atentado criminal, y originados por miembros del gremio.
Señalar a un compañero periodista con sindicaciones amañadas y de poco sustento puede conducirlo a estar en la mira de fanáticos y radicales, quienes sin mucho raciocinio pueden dar rienda suelta a situaciones de mucha violencia.
Que tristeza encontrar que hay poca solidaridad de cuerpo. Ahora, en caso de conocerse hechos soportados en evidencias concluyentes, deben ser los jueces y las autoridades competentes quienes dictaminen la culpabilidad de un periodista, mas no el prejuicio o la cobardía de no declarar frente a la opinión pública que no resulta agradable trabajar al lado de otro comunicador, aludiendo el motivo que sea.
Lo acontecido con el escritor Gardeazábal alrededor de su salida de un conocido programa de radio francamente agobia y sienta un terrible precedente.
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