Cada que en mi vieja discoteca escucho cantar a Pablus Gallinazus su tema Una flor para mascar (“El reloj se ha dañado…”) recuerdo que hace décadas abundaban los relojeros, instalados muy laboriosos en sitios estratégicos, por ejemplo, cerca de las compraventas, de los almacenes y a pocos metros de las finas joyerías. Hubo relojes mecánicos, electrónicos, de piedra de cuarzo.
Variaban sus tamaños, de un puño el del varón y pequeño el de la dama.
El reloj con escudo nacional grabado en oro sobre su tablero, que Ferrocarriles de Antioquia trajo a sus empleados, hoy es una pieza de museo.
Los cirujanos del reloj aprendían empíricamente, se profesionalizaban en instituciones de artes y oficios o mediante cursos en folletos americanos por correspondencia.
Todos deben su profesión a Peter Henlein, inventor del reloj de bolsillo en 1524, y a Patek Philippe, diseñador del reloj de muñeca en el siglo XIX. El relojero vestía de blusa blanca y los examinaba con la lupa pegada en su ojo, que los niños relacionaban con el parche de los piratas aventureros.
Su taller ocupaba una vitrina de un metro cuadrado, la clínica de relojes enfermos, que restauraría con la minúscula herramienta imantada, manipulando y reacomodando las milimétricas piezas.
Allí los llevábamos con la pulsera reventada, la mica rayada, la cuerda paralizada, el tablero roto, las manecillas sueltas o afectados de otros males.
El relojero ayudaba a conservar el prestigio o la vanidad a sus portadores, pues su marca, entre las que se distinguían los suizos, garantizaba estatus, a tal punto que un ejecutivo sin un fino reloj era mirado como una persona impúdica.
La mala suerte para los relojeros llegó con los digitales de tablero numérico, más baratos y desechables.
La agudizó el celular, pues ahora vasta sacar el teléfono del bolsillo y mirar la hora.
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