El proceso de paz iniciado por el presidente Santos se encuentra en serio peligro ante el escalamiento de los enfrentamientos, por las conspiraciones, los ataques, las trabas, los obstáculos y torpedos colocados por quienes pretenden sabotearlo, por eso ya no es conveniente seguir conversando en medio de la guerra.
En estas circunstancias, a las dos partes les corresponde tomar las medidas conjuntamente para evitar que el proceso termine súbitamente. Ya no hay sino dos salidas: tregua bilateral o desescalamiento de las hostilidades y del fuego.
Ambas van hacia el mismo objetivo: humanizar la guerra interna, cumplir de verdad los compromisos internacionales sobre derechos humanos y la variable del DIH, para proteger a los civiles, proteger la naturaleza y proteger el proceso de paz.
Esto debe incluir compromisos y abstenciones de las partes, como ceses bilaterales cortos, espaciados, para probar o ensayar su funcionamiento, única forma de reanudar la confianza en los diálogos de la mesa instalada en Cuba, cualquiera sea el momento al volverse a sentar los delegados y siendo consecuentes con la urgencia de desescalar los ataques para evitar más agrietamientos.
Hay que acelerar las conversaciones y finiquitar la agenda antes de que los guerreristas finiquiten el proceso. Hay que empezar a concebir y practicar rápido los actos visibles del desescalamiento, tales como: ceses transitorios del fuego, desminado de zonas, cancelar los ataques aéreos estatales, suprimir el terrorismo de explosivos y tatucos, no atacar la infraestructura civil de Colombia, no volar las torres de energía, no agredir la pureza del agua con voladuras de oleoductos, no reclutar menores de edad y entregar los secuestrados civiles.
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