Cada vez se anticipa más la Navidad. Escuchamos al iniciar noviembre los tradicionales jingles, notamos las estanterías de los almacenes repletas de adornos navideños, vemos hileras de carros estacionados en las zonas donde pululan también este tipo de ornamentos y, por supuesto, empezamos a percibir y a sentir el estrés prenavideño. ¿Es esto bueno?
Respuestas habrá como especímenes, pero, definitivamente, desde un punto de vista económico, sí que es bueno.
No hay que ser economista para concluir que por efectos de la ‘prima navideña’ hay una transitoria irrigación de dinero que aumenta el número de transacciones comerciales.
Sin embargo, ¿cómo se justifica la estrategia comercialmente maquiavélica de anticipar la Navidad en noviembre si la prima nace a mediados de diciembre? La respuesta se basa en lo que para mí es el quid ‘casi que mágico’ de la economía de libre mercado: la velocidad de circulación del dinero.
Un mismo billete de diez mil pesos puede hacer un número n de transacciones en mayo. Lo interesante del asunto es que el mismo billetico puede llegar a rotar mucho más superando en noviembre y diciembre –y con creces– las transacciones que con él se hicieron en otro mes del año.
La razón: el estrés navideño que se genera como consecuencia de la carrera de los compradores y de los vendedores. Los primeros corriendo para comprar anticipadamente y los segundos eficientes para garantizar surtidos.
He aquí como el mismo billetico de diez mil que hacía feliz a unos pocos, ahora -por la gracia del Niño Dios- hará felices a muchos más en lo que parece ser la verdadera multiplicación de los panes y de los peces. Mi conclusión: “…Y vio Dios que esto era bueno”.
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