Quién no portaba fervorosamente en su billetera la imagen de su novia, como Leonardo Favio lo inmortalizó con La foto de carnet o hizo parte de un álbum familiar.
Para las fiestas se contrataba un fotógrafo, ese personaje muy bien vestido a quien todos obedecían mejor que los músicos a su director.
Pero la tecnología no solo acabó con los fotógrafos, sino que arrasa con el derecho a la intimidad y con la memoria histórica impresa del álbum familiar.
Lo vemos en los acontecimientos sociales al momento de partir el pastel o hacer el brindis, contagiados de la recocha de quienes armados con sus celulares improvisan de fotógrafos.
Desaparecida la solemnidad de la fotografía, dudo que dentro de tres décadas los actuales graduandos puedan hallar sus fotos solemnes de clausura porque estas se extinguirán en la saturación virtual.
Hoy con las fotos se viola la intimidad de las personas porque alguno de los osados ‘fotógrafos’, sin autorización de nadie, las colgará en las redes y estas viajarán virtualmente, inclusive exponiendo a que los enemigos las editen y les añadan frases de hazmerreír.
Al llegar el momento de que le canten el feliz cumpleaños o le digan algunas palabras, los homenajeados ya no se sienten acompañados por sus familiares y los amigos, sino más bien acosados por gavillas de chulos que se disputan quién hará el clic fotográfico más ridículo de su presa.
En la película Los Hongos, Óscar Ruiz le hace un poético homenaje al álbum familiar, aportando su granito de arena para que no les digamos adiós a los fotógrafos y ellos puedan seguir haciéndonos mirar la cámara cuando digan “whisky”.
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