A diferencia de la casa gavirista y la galanista, el santismo remonta sus orígenes a los inicios del siglo pasado.
Puede decirse que ha construido su propio estilo, con una lógica que mezcla la mirada del encomendero con la astucia del industrial.
Siempre se dijo que era un santanderismo, que con un disfraz republicano ha tenido la capacidad de estar con el poder y por el poder.
Su imperio ha sobrevivido a todas las catástrofes y violencias. Su poder se ligó siempre a la manipulación de la opinión y sus agentes han hecho de ella el instrumento para perpetuar la aristocracia santafereña, con desprecio secular por el provinciano.
Han impuesto una visión en la que todo gira en torno a Bogotá. Desaparecido el poder familiar de su periódico, pasaron a manipular la revista Semana.
Los últimos acontecimientos, donde hay un presidente preparando todas las variables de un postconflicto y unos negociadores de las Farc diciendo lo contrario y argumentando que la dejación de armas y la ley de justicia y paz son meros artificios burgueses, colocan a Santos en una disyuntiva que lo obliga a decirle al país la verdad sobre lo acordado con las Farc.
Que se hable por parte del Gobierno de unos tiempos para terminar el conflicto y que las Farc marquen diferencias planteando que los tiempos de la negociación no dan para elaborar rutas de postconflicto, deja al presidente montado en una mentira.
El discurso santista no podrá revertir la ruta de La Habana y hundirá a la sociedad colombiana en un postconflicto que no será otra cosa que la legitimación de la coexistencia de las Farc y la aristocracia bogotana, como fue el fracasado proyecto del comunismo soviético de la Europa de la postguerra.
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