¿Se prendió el congelador de nuevo?

Nací cuando finalizó la década más emblemática del siglo XX, y me atrevo a decir incluso que de toda la era post moderna: El homo sapiens en la luna, la revolución femenina con píldora in situ, Woodstock, los movimientos raciales, los movimientos estudiantiles y la creación militar de la red Arpanet de la que deriva el Internet. Una década para sentirse orgullo, pero desafortunadamente no todo fue color rosa.

También fue una era bastante gélida; justo en el medio de un periodo que se llamó Guerra Fría como consecuencia de la confrontación política e ideológica entre EE.UU. y la Unión Soviética.

Recuerdo que hasta casi principios de los noventa se solía contar de manera absurda cuántas veces podía destruir el planeta entero el uno y cuántas veces más lo podía hacer el otro mientras los demás habitantes del globo escuchábamos tan absurda cuestión con temor; al fin y al cabo las imágenes de Hiroshima y Nagasaki estaban frescas en la memoria colectiva.

Llegó la Perestroika, la caída del Muro y la disolución de la Unión Soviética. ¡Aleluya! la Guerra Fría terminó. Y yo me olvidé de lo que era vivir en el congelador.

El pasado 17 de junio ocurrió el accidente en suelo ucraniano del avión comercial de Malaysia Airlines en el que fallecieron 298 pasajeros.

Surgen las hipótesis del derribamiento del avión con un misil y entonces la atención mundial se concentra en la zona. Nuevamente observo con aprensión cómo las dos mega potencias antiguas figurantes de la guerra fría comienzan a enfrentarse y a mover sus fichas sobre un tablero que, a manera de una manzana de la discordia, corresponde a la península de Crimea.

¿Será que se ha prendido nuevamente el congelador? O Dios no lo quiera, esta vez sí será el horno el que se encienda.

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