Un abominable crimen

Me topé con el programa de Pirry, y aunque no suelo ver la caja mágica, hoy convertida en plano -con el Mundial lo realicé y no me arrepiento- la inercia post fútbol me hizo presenciar la periodística transmisión.

Fui espectador –e imagino que miles de televidentes también- de una denuncia dramática: en el departamento de la Guajira, a pesar de ser una región beneficiada y receptora de millonarios recursos por concepto de regalías, una gran cantidad de niños muere cada año de física hambre.

Así de patente, inadmisible y trágico; y lo peor, en pleno siglo XXI, en medio de los recursos naturales de un país como Colombia y existiendo una real y efectiva transferencia de dineros por parte del gobierno central. Recordé entonces la razón por la cual tomé la decisión de estudiar economía.

“Eliminar las injusticias y construir un mundo más justo” llenaba entonces mi juvenil pecho. Pero ese romanticismo recibió un duro golpe al enfrentarse con la cruda realidad. Una realidad que supera a la ficción más tenebrosa y que tiene como asiento la oscuridad de la naturaleza humana.

Hallé en los textos dos definiciones: economía positiva y economía normativa.

La primera: lo que es, léase, la cruda realidad. La segunda: lo que debería ser, o sea, lo justo; y entonces como estudiante encontré la verdadera razón de ser de un economista.

Pero al hablar de justicia emergían juicios de valor y argumentos sobre lo que era importante para unos y para otros. Discusiones bizantinas en su mayoría.

¡¿Acaso niños muriendo de hambre aguanta algún debate?! La sangre me hervía al terminar el programa y le rogué a Dios que la justicia –no la divina sino la de los hombres- castigue a los miserables y culpables de tan abominable crimen.

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