Los colombianos sabemos bien qué es la guerra, pero no la paz. Sin embargo, creemos que esta va más allá de la firma de un documento en La Habana, o de las promesas de un candidato presidencial.
La paz no es solo un acuerdo o una promesa de campaña. La paz es jugar en el mismo equipo, salir al campo y ponerse la camiseta por Colombia.
Es convertirnos en hinchas de una causa común: la de la infancia, enfrentando todo lo que permite que cada año mueran en Colombia cerca de diez mil menores de 5 años; la de las víctimas, reconociendo a más de cinco millones de personas que soportaron el sacrificio de la guerra; la de los estudiantes, fortaleciendo la educación pública; la de los campesinos, ese 32% de la población colombiana que con su trabajo nos alimenta; y, finalmente, la causa de más de 14 millones de colombianos que mientras escribo esta columna, sufren la exclusión y la indiferencia de la pobreza.
La política de hoy no necesita personas de conveniencia sino de convicciones, que conozcan la situación real del país y entiendan que ella no es un medio de subsistencia ni una forma de enriquecerse, sino una vocación de servicio.
Necesitamos gente que quiera andar por el estrecho camino de la legalidad, que se oponga de frente a la continuación de la guerra, a la intolerancia y a la corrupción.
La paz no es cosa de ingenuos ni cobardes, es cosa de gente valiente que decide tomar los riesgos que sean necesarios y asumir las dificultades que vengan, sin caer en el facilismo de la lucha armada.
La firma en La Habana, es solo el comienzo. Por eso respaldo al presidente Santos.
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