Superficial el rumbo que ha tomado el debate electoral. Las campañas centraron su atención en los acuerdos de La Habana, lo que les ha permitido pasar agachadas en temas como la economía, la educación, la salud o la justicia.
Lo triste es que los planteamientos no pasen de señalaciones y estigmatizaciones de quienes expresan ideas contrarias.
Se ha vuelto tan complejo el tema que en algunos círculos es imposible incluso expresar un leve escepticismo so pena de ser tildado enemigo de la paz.
Lo que pasa en La Habana es trascendental para el futuro de Colombia y por eso debería analizarse sin el componente electoral.
Colombia debería estar debatiendo qué significa consolidar un buen acuerdo. No olvidemos que nada está acordado hasta que todo esté acordado y que los acuerdos deberán ser validados en las urnas por los colombianos.
A todos nos ilusiona el sueño de un país en paz pero en lo que hoy debemos pensar es si estamos o no de acuerdo con el precio que vamos a pagar. Para mí, el tema de la impunidad es muy importante.
Los miembros de la guerrilla deben someterse a la justicia y lo que debemos negociar son las penas. En cuanto a las víctimas, no me resulta suficiente que las Farc las reconozcan si no asumen una responsabilidad que conduzca al perdón y sobre todo a la reparación.
En cuanto a las armas, no me parece que las Farc deban supeditar su entrega a cesiones de poder. Esta decisión la toman los colombianos en las urnas, no un gobierno en La Habana.
No soy enemiga de la paz, sí de las negociaciones desequilibradas, y en el caso de La Habana estamos dando demasiado y exigiendo poco.
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