Muchos estamos desesperados para que termine la contienda electoral que busca la Presidencia de la República y que empiece el Mundial de Fútbol.
Qué campaña tan terrible. Uno que no quiere dejar que le quiten el poder, orgulloso e imperial, y el otro, provinciano, capaz y tal vez con buenas intenciones, pero avalado por uno de los hombres más odiado y amado a la vez.
Colombia hoy más que nunca requiere de cambios estructurales en el funcionamiento del Estado.
Para que este país funcione adecuadamente, no solo el tema del diálogo de paz es primordial, aun cuando ya dijo “Timochenko” que no van a entregar las armas, sino que también deben ocurrir reformas sustanciales.
El fiscal general, así como el procurador y el contralor deben ser elegidos por voto popular; de lo contrario, seguirán siendo cooptados por la política y la corrupción seguirá.
Las cortes y tribunales de justicia no deben seguir ternando candidatos para ocupar espacios importantes en las mismas y en los órganos de control.
Eso evitaría igualmente más corrupción y que el carrusel entre amigos le siga haciendo daño a la institucionalidad.
No se debe seguir jugado con reformitas pendejas. El país requiere reformas profundas en educación y salud, vitales para el ser humano.
No es justo que los mejor preparados sean los que se especializan en el exterior y que los pacientes sean considerados un cero a la izquierda.
Debe hacerse una reforma tributaria distinta, en la que no solo se afecte a los de abajo; gracias a eso ya no existe clase media.
Todo eso, más un diálogo de paz sincero, real, sin esconder el fondo del asunto, permitiría a este país sacar la cabeza en medio de tanto cuento y tanto embrollo.
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