Por la sordidez de esta campaña presidencial, no ha tenido la trascendencia que tiene la noticia del acuerdo con las Farc sobre el espinoso punto tres, atinente a la solución del problema de las drogas ilícitas.
Todos conocemos lo que ha significado el papel de las drogas en nuestra historia y, desde luego, también en el escalamiento de la guerra interna con las Farc.
Así que conseguir un acuerdo en esta materia no sólo es cerrar la llave de los ingentes recursos que alientan los ejércitos ilegales que operan en Colombia, sino que nos ofrece la oportunidad de desnarcotizar la vida nacional, en la medida que todo lo ha venido corroyendo el venenoso influjo del narcotráfico.
El haber superado con un acuerdo este punto nos pone frente a la posibilidad ineluctable de firmar el acuerdo definitivo de terminación del conflicto; este punto tres es el punto del ‘no retorno’, sin desconocer la importancia que tienen los restantes de la agenda. Colombia jamás había acariciado con las manos el ponerle fin a los 50 años que lleva de guerra con las Farc y hoy estamos en este momento.
Creo que el Gobierno podría considerar, por haber traspasado este umbral, pactar una tregua bilateral.
Los colombianos sabrían qué significa en términos fácticos el silencio de los fusiles ‘farosos’ y le otorgaría al proceso un clima de más confianza, comenzaríamos sintiendo los beneficios de la paz sin haberla aún pactado.
Guardando las diferencias, en Sudáfrica el proceso de reconciliación estuvo a punto de reventarse por la incesante violencia, claro, la ejercida por el Estado contra las bases del CNA, y éste no es el caso, pero la guerra como fondo de la negociación es hoy una estrategia agotada.
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