Ese cuento de la mediocridad en la educación colombiana es de antaño.
Tal pareciera que a los gobiernos de turno, con el Congreso de la República adjunto, nunca quisieron darle solución a tan sensible tema.
Seguramente, les conviene tener un pueblo analfabeto y culturalmente atrasado, para poderlo dominar y evitar que piense, analice y deduzca.
No les conviene implementar un modelo de desarrollo, a través de la educación de calidad, que permita abrir caminos para un futuro mejor.
La educación en Colombia requiere urgentemente un cambio estructural para erradicar ese colonialismo mental que padecen nuestros compatriotas, sobre todo los del sector público y los que se insertan en esa mentira con ojos azules como la cobertura educativa, que solo se presta para que se roben la plata de los más pobres.
Se ha dicho hasta el cansancio que es más importante enseñar a pensar que a memorizar. Tendríamos mejores bachilleres y mejores universitarios pero, lamentablemente, la educación en Colombia, vale reiterarlo, aparte de ser deficiente no es incluyente, amén de no estar integrada a la investigación y a la innovación.
Sin una buena educación no se mejora la distribución del ingreso y en el país seguirá predominando la inequidad social, es decir, será difícil cerrar la brecha de la desigualdad, a pesar de las cifras maquilladas del Dane.
Alguna vez, el académico Juan Ramón de la Fuente, ex rector de la Universidad Nacional Autónoma de México entre 1999 y 2007, una de las mejores de Latinoamérica, dijo que “a América Latina no es que le falten neuronas; le faltan mejor planeación, más inversión y mejor infraestructura.” Pero, según parece, en Colombia, la politiquería no permite semejante paraíso.
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