Ayer se realizaron los comicios para elegir nuevo Congreso de la República.
Descansamos de todas esas promesas en las que muchos aspirantes prometieron convertir a Colombia en un paraíso. Dios ayude a los colombianos con “tanta belleza”, y que ilumine a los nuevos congresistas para que no suban más el valor de sus salarios, dejen a un lado la mermelada y se dediquen a trabajar por una patria que hoy más que nunca necesita dejar de lado tanta mentira.
Que haya empleo y menos informalidad; que el sector agropecuario salga de su postración. Que los $10 billones de las regalías no se pierdan en corrupción. Que entidades como Caprecom, por ejemplo, no existan. Que la salud deje de ser negocio y se piense más en el ser humano.
Que la educación se transforme para que los políticos no sigan aprovechándose del analfabetismo de millones de compatriotas. Que la justicia se reforme pero para bien de todo el país, donde no predomine más el vencimiento de términos para los ladrones de cuello blanco.
Que se imponga el voto obligatorio. Que cargos como los de control y disciplina sean elegidos popularmente. Que se acabe el voto preferente, causal de dineros sucios en las campañas. Que el café colombiano recupere su importancia internacional.
Espero que mis candidatos Germán Villegas al Senado y José Luis Pérez a la Cámara hayan sido elegidos. El primero por gestión y ejecución; el segundo por ser una esperanza sana y valedera. Y que el registrador Carlos Ariel Sánchez le haya brindado a Colombia unas elecciones pulcras, pues la verdad, me da mala espina. ¡Amén!
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