En un país serio donde se descubra y se fundamente un escándalo de corrupción en sus fuerzas armadas debe tener como consecuencia la renuncia del Ministro de Defensa.
Es lo mismo que aconteció con la crisis financiera del 2007: cayeron los secretarios y los ministros de hacienda de los países del primer mundo.
Como en Colombia el verbo “renunciar” es ajeno al ejercicio del poder, terminó convirtiéndose en costumbre la frase del presidente Samper: “Aquí estoy, y aquí me quedo”.
El escándalo de la danza de los millones denunciado por la revista Semana, que produjo el retiro del Comandante de las Fuerzas Armadas, no es otra cosa que la visibilización de una corrupción estructural que acompaña las guerras, tanto las grandes, como las pequeñas. Recuerdo que el presidente López Michelsen comentó un día que un general no aguantaba un cañonazo de 50 millones.
El humor lopista señalaba lo que es y ha sido siempre una verdad de a puño: la guerra corrompe y degrada.
El que hoy se haya descubierto este tramado de comisiones y contratos arreglados, invita a que nos preguntemos qué consecuencias va a traerle al presidente Santos, quien fue ministro de Defensa, cuando se llegue al núcleo del problema y se establezca el grado de responsabilidad que le cabe a todos los que han ejercido este cargo, desde que la Constitución del 91 abrió la posibilidad de tener un jefe civil al mando de los ejércitos.
Queda en el ambiente si el ministro Pinzón sabía o no sabía de la forma como se contrataba. La respuesta del presidente Santos es tan confusa como la que dio al escándalo de las chuzadas de Andrómeda.
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