Muchos conferencistas han rel-tado la motivadora historia del renacer del águila. Dicen ellos que el águila alcanza una longevidad de setenta años, pero que justo en la mitad de su vida -a la altura de los treinta- su pico y garras se han curvado a tal punto que le imposibilitan cazar.
Entonces en ese momento el ave enfrenta dos alternativas: o muere por su incapacidad como predador o renace y continúa viviendo. Y renacer significa aislarse en lo alto de una montaña, romper de manera dolorosa su pico y garras contra una roca, arrancar su viejo plumaje y esperar agonizante a que la madre naturaleza haga crecer en ella un nuevo pico, nuevas garras y nuevo plumaje. Sólo así habrá renacido y logrará vivir treinta años más con el vigor que simboliza.
Historia motivante para nuestra especie desnuda de plumas y pelaje. Pero al igual que no es exactamente una roja manzana la fruta prohibida a la que hace alusión el Génesis; cuando en los salmos leemos: “que rejuvenezcas como el águila”, no necesariamente estamos ante la comprobación científica del mito.
Verdad o no, la importancia y valor de la leyenda es indiscutible. Por un momento llegué a pensar que el salmo se refería tal vez al ave Fénix; sin embargo –y continúo simbólicamente hablando-, como el Fénix fue el único animal que no comió la fruta prohibida en el Paraíso ganó la inmortalidad a partir de sus cenizas.
Por el contrario, la bella historia justamente por ser éste un animal tan mortal como todos nosotros, hace que su moraleja sea precisa, y que la determinación que encierra de dar inicio a una nueva vida sea, a todas luces, genial.
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