Una cuestión de ética

Me quedé pensando sobre mi pasada columna de opinión en la que expuse el argumento de la película gore El cien pies humano; una producción holandesa en la que se muestra a un médico loco alemán experimentar con tres infelices, unir sus tractos digestivos y crear un cien pies humano para el “bien de la humanidad”.

Concluí que era una simple y cómica alegoría a las locuras nazis y sus investigaciones seudo científicas de los campos de concentración.

Hasta ahí todo bien. Pero después de reparar por un momento en el “propósito loable” del médico alemán, saber que la realidad suele superar a la ficción y que la existencia de científicos locos “bienintencionados” parecidos a este doctor o a los novelescos Moreau y Frankestein es más que plausible; confronté esa tesis de que “el bien general prima sobre el individual”.

Esta noble opinión que muchos recitan como singular credo es sumamente peligrosa cuando entramos en terrenos de la experimentación científica, sobre todo cuando las ratas de laboratorio son seres humanos de carne y hueso. ¡Aquí ya no todo vale!

“Nada ni nadie debe detener el avance de la ciencia”, afirman quienes financian y dirigen investigaciones que involucran acciones con una carga compleja de juicios éticos y morales. Y esgrimen la tesis ya mencionada.

El anhelo del avance de la ciencia puede llegar a justificar casi todo; sin embargo, siempre existe en ello un riesgo como el que menciona el evangelio con respecto a la sal. Si la ciencia -ese bastión de conocimientos imparciales- se corrompe; ¿qué tipo de progreso sería ese?

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