Inocentes consumidores

Comienzan a escucharse las campanas de Navidad! Luces, trancones y estrés bienvenidos.

Ah, y los comerciales de juguetes. Sin embargo, me detengo por un momento a observar una franja comercial que bombardeó – y de qué manera – a mis dos pequeñas.

Muñecos, cachivaches y artilugios que tendrán una “vida útil” menor de lo que dura un parpadeo comienzan a engrosar con sus nombres los renglones de la carta a papá Noel.

¡Válgame Dios! no había reparado en el carácter solapado de estas maquiavélicas campañas publicitarias, y menos aún, en la naturaleza e inocencia de los receptores víctimas de tan astuto embate.

Qué puedo escribir sobre consumismo que no se haya hecho ya. Todas las ramas del saber giran alrededor de tan humano tema: la psicología, por el manejo de las depresiones causadas al no consumir; la ecología, como consecuencia del daño que originan los sistemas de producción a la madre Tierra, o, incluso, la medicina, en razón de la guerra que se libra contra la obesidad de los amantes de la nutrición chatarra.

Pero está también la ética. O al menos este escribidor cree que esta rama de la filosofía se toca cuando hay elementos de la espiral consumista que lo obligan. Sólo así me explico que la imagen del “Marlboro Man” sea cosa del pasado.

Entonces, ¿no sería también prudente cuestionar éticamente la publicidad dirigida a los niños como se hizo con la del cigarrillo?

Dejo aquí una pregunta sobria mientras millones de niños continúan siendo bombardeados publicitariamente y con sevicia creciente.

Aguardaré de manera paciente a que la ética vuelva a aparecer en juego; y ruego para que sea en cuestión de poco tiempo.

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