Que el presidente Santos, esté bien o mal en las encuestas, quiere la reelección. No hay alternativa, según él, sus amigos y asesores, para Colombia. Es el resultado de un ego inconmensurable y de una soberbia infinita. Cuán equivocados están.
Entre quienes aspiran a disputarle ese honor hay algunos que son mucho más capaces que Juan Manuel Santos, incluso, con mejores perspectivas para cambiar, en algo, este país. El problema electoral del presidente, es simplemente el de colmar su orgullo personal, en perjuicio del país. Un presidente que está manejando el país a punta de “mermelada”(corrupción), no es prenda de garantía para el bienestar nacional. La desgreñada reforma a la salud es una forma de “comprar” los votos de la mayoría de los congresistas, utilizando la enorme burocracia de un nuevo organismo—SaludMía—entidad que manejará la salud de 46 millones de colombianos, cuando el ISS, con tres millones de afiliados, tuvo que ser cerrado por ineficiencia y corrupción. Un presidente que se la ha pasado ofreciendo billones de pesos en las distintas regiones a donde llega, pero que no cumple, no tiene credibilidad. Un presidente que se asustó con presentar una nueva reforma a la justicia, por temor a los altos magistrados, no es funcional. Un presidente que pretende vender a Isagen, empresa estatal que unida a Ecopetrol, brindan réditos que se utilizan en el presupuesto nacional, para tapar los errores de su reforma tributaria, desencanta. Un presidente que retira al jefe del Dane porque le dijo la verdad, es impredecible. En fin, son tantas sus falencias. Su retórica permanente ya no tiene sentido. Razón tiene el escritor James Morrison cuando dijo que “Colombia es un país de orangutanes con sacoleva.”
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