Ha pasado un mes desde el terremoto y algunos empezamos a sentir que la vida vuelve lentamente a la normalidad.
Somos quienes tuvimos la fortuna de no perder familiares, viviendas, negocios o buena parte de nuestro patrimonio.
Incluso hay sectores de la ciudad donde el terremoto empieza a sentirse como un recuerdo lejano.
Es natural que busquemos recuperar nuestras rutinas y alejarnos por momentos del dolor que vivimos. También necesitamos proteger nuestra salud mental y volver a ocuparnos de nuestras propias batallas.
Sin embargo, para muchas personas el terremoto no ha terminado.
Sigue presente cuando despiertan fuera de sus casas o miran las grietas que todavía amenazan sus viviendas.
Sigue presente para quienes perdieron un negocio construido durante años o buena parte de sus pertenencias.
Pero es especialmente doloroso para las familias que perdieron a alguien y deben aprender a vivir con esa ausencia. Para ellas no existe todavía ninguna normalidad.
Ayer escuché en televisión el testimonio de una mujer de 74 años que cuida a su hermana de 85.
Ambas lo perdieron todo durante el terremoto. Cuando le preguntaron qué les quedaba, su respuesta me conmovió profundamente.
Dijo que les quedaban las manifestaciones de amor de las personas que las estaban acompañando. Esa frase resume una dimensión de esta tragedia que no podemos olvidar.
Los damnificados necesitan vivienda, subsidios, créditos, empleo y respuestas oportunas de las instituciones.
Pero también necesitan cariño, empatía, paciencia y personas dispuestas a acompañarlos durante los próximos meses.
La solidaridad no puede terminar cuando desaparezcan las imágenes del terremoto de los noticieros y las redes sociales. Reconstruir una ciudad también significa reconstruir vínculos, confianza y esperanza. Y esa tarea no depende solamente del Estado.
Por eso propongo algo sencillo: adoptemos emocionalmente a alguien.
Pensemos en una persona afectada y hagámonos presentes durante los próximos meses.
Llamemos, escuchemos, visitemos, acompañemos o simplemente preguntemos cómo está. No necesitamos solucionar todos sus problemas para ayudarle a enfrentar un momento difícil.
Un mes después del terremoto, vale hacernos una pregunta: ¿A quién vamos a acompañar?
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