El domingo al votar evidencié una fiesta: Familias enteras, jóvenes primerizos y adultos mayores, todos convencidos de que su opinión cuenta.
Participaron más que hace cuatro años con fe inquebrantable en nuestra democracia. Y como no hay que beber toda la olla para saber cómo está, con una cucharadita basta; presumo que la fiesta fue similar en los territorios donde el voto pudo ejercerse sin presiones.
La democracia tiene defectos: lenta, imperfecta, ruidosa y, a menudo, frustrante; pero es el menos malo de los sistemas que hemos inventado para gobernarnos.
Y precisamente por esto hay algo que debemos cuidar por encima de cualquier candidato o ideología: la confianza en el resultado electoral.
La verdadera fortaleza de una democracia no consiste solamente en permitir que la gente vote, sino en garantizar que cada voto sea contado correctamente y que todos podamos verificarlo.
Bienvenidos los mecanismos de control: testigos, observadores internacionales, auditorías, escrutinios y acceso público a la información. Todos son sus seguros de vida.
Venezuela nos dejó una lección importante: cuando existen dudas sobre un proceso electoral, lo mejor no es pedir un acto de fe, sino presentar evidencias verificables.
Hoy, a pesar del manto de duda sembrado sobre el proceso, se ha constatado que el preconteo conocido la noche de las elecciones coincide prácticamente con el escrutinio oficial adelantado por los jueces.
Conclusión: la democracia no se defiende únicamente votando, sino también cuidando la credibilidad de sus instituciones.
Porque los candidatos y los gobiernos pasan, pero la confianza en las reglas del juego debe permanecer; y al final, nuestro verdadero tesoro no es el resultado, sino que podamos creer en él.
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