Cali, abril 24 de 2026. Actualizado: viernes, abril 24, 2026 22:05
No pasa siempre. Pero cuando pasa, no hay duda. Sales del cementerio, cruzas la reja, vuelves a la calle… y algo no se siente igual.
No es sugestión inmediata, no es un susto claro. Es más raro. Más físico. Como si una parte de ti se hubiera quedado atrás… o peor, como si algo hubiera decidido venir contigo.
El cuerpo lo detecta antes que la mente. Empieza con los hombros. Una pesadez que no estaba antes, como si alguien te hubiera puesto una mano encima sin que lo notes.
Luego el cuello se endurece, la espalda se encorva ligeramente. No sabes por qué, pero te sientes más lento, más denso.
La cabeza tampoco está limpia. No es dolor fuerte, es como una presión leve, constante. Te cuesta enfocarte, te distraes fácil, sientes una especie de niebla.
Piensas cosas sin terminar de pensarlas. Como si no estuvieras completamente solo dentro de tu propia mente.
La respiración cambia. Se vuelve más corta. No logras llenar del todo los pulmones. Y aparece ese cansancio raro, profundo, que no corresponde con lo que hiciste en el día.
No es sueño… es agotamiento.
Y luego, lo más inquietante: esa sensación interna de incomodidad. Como si algo no encajara dentro de ti.
Como si estuvieras “ocupado” de una forma que no sabes explicar. Te dan ganas de llegar a casa, de encerrarte, de bañarte, de quitarte todo.
Ahí es cuando lo piensas: “esto no es mío”. Y no siempre lo es.
Sí, hay momentos en los que en lugares como un cementerio puedes salir más cargado de lo que entraste.
No necesariamente como en las películas, no con algo visible o que te hable. Es más silencioso. Más pegado. Más difícil de identificar.
No es que un “espíritu” te elija de forma consciente. Es más simple —y más peligroso—: entraste abierto, distraído, emocionalmente expuesto… y algo encontró espacio.
No porque sea poderoso sino porque tú no estabas completamente en ti y eso deja rastro.
El problema es que la mayoría de las personas no sabe qué hacer después. Se quedan con la sensación, la racionalizan o la ignoran… y la arrastran, a veces horas a veces días.
Por eso lo importante no es solo reconocerlo. Es saber despegarlo, no desde el miedos sino desde el cuerpo.
Lo primero es el agua. No como rutina, sino como limpieza real. Báñate apenas llegues. Pero hazlo con intención.
Deja que el agua caiga sobre tu cabeza, sobre la nuca, sobre la espalda —justo donde sentías ese peso—.
Quédate más de lo normal. Frota brazos, piernas, cuello. No es exageración: muchas personas sienten cómo esa pesadez empieza a soltarse ahí mismo.
Si puedes, empieza por las manos. Lávalas primero. Es lo que más toca, lo que más recoge. Luego sigue con el resto del cuerpo.
Después, la ropa. No te quedes con la misma. Quítatela y, si puedes, sacúdela antes de dejarla a un lado.
Parece un gesto pequeño, pero ayuda a cortar la sensación de arrastre. No es superstición: es una forma de decirle a tu cuerpo que ya no estás en ese lugar.
Abre ventanas. Deja que entre aire. El encierro hace que esa sensación se quede más tiempo. El movimiento del aire cambia el ambiente y, aunque no lo pienses, también cambia cómo te sientes.
Luego muévete tú. No te quedes quieto en esa incomodidad. Camina, estírate, incluso sacude el cuerpo suavemente, como si te quitaras algo de encima.
Es instintivo, pero funciona. El cuerpo sabe cómo liberar lo que no necesita, solo que casi nunca lo dejamos hacerlo.
Y hay algo clave que casi nadie hace: nombrarlo. Sin dramatizar, sin entrar en pánico. Solo reconocerlo: “esto no es mío”.
Aunque no lo digas en voz alta, pensarlo con claridad marca un límite. Porque muchas veces lo que se queda no es fuerte… solo no encuentra resistencia.
Si después de todo eso la sensación baja, ahí tienes tu respuesta. No era imaginación, era algo que necesitabas soltar.
El error es esperar a que se vaya solo. A veces se va, sí. Pero otras veces se queda más tiempo del que quisieras, pegándose a tu ánimo, a tu energía, a tu forma de pensar.
Y ahí es donde la gente empieza a sentirse “rara” sin entender por qué.
Por eso el verdadero cuidado no es evitar los cementerios, es no salir de ellos igual de abierto como entraste. Porque sí, hay cosas que pueden quedarse contigo.
Pero también hay algo que casi nadie te dice: no todo lo que se pega… sabe quedarse si tú sabes soltarte primero.
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