¿Justo, moderno y seguro?

Ese es el nuevo lema del presidente Santos para los 16 meses que le faltan. Coincide con las iniciales de sus nombres y primer apellido. Seguramente se convenció que su anterior eslogan, con la “prosperidad” como objetivo gubernamental, no le funcionó.

El exministro Guillermo Perry, en su columna de El Tiempo, en un análisis certero, aseguró que “pocos presidentes colombianos habían llegado tan preparados para el ejercicio de gobernar. Y, sin embargo, hay mucho descontento con su forma de hacerlo, lo que se manifiesta en los bajos niveles de aprobación de su gestión.”

Efectivamente, su gobierno es un proceso de mucho maquillaje, de mucho glamour. Es un estadista que no ha podido conectar con la realidad colombiana; no es su ambiente ni su entorno. Promete millones y billones para tragedias, catástrofes y similares, pero el billete rara vez aparece.

Las casas gratuitas, en parte, han sido construidas con dineros de las caletas de “Chupeta”, de lo contrario, quién sabe. No le da la cara a la revaluación, prefiriendo calmar angustias y bravuras con subsidios que a la larga le van a producir al país una terrible deflación.

Se hace el bobo con los capitales “golondrina”, que tanto daño le están causando a nuestra economía. Cuenta con un gabinete “Harvardiano”, bien perfumado y con zapatos lustrosos en los que todas las mañanas se ven las caras antes de llegar a sus despachos pero, se olvidan que más allá de sus narices, exceptuando de pronto a Vargas Lleras, existe un país lleno de problemas de toda índole, con instituciones débiles e ineficientes. Tiene razón el doctor Perry cuando dice en su escrito “que la mejor forma de gobernar a Dinamarca no es la mejor forma de gobernar a Cundinamarca.”

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