Cali, mayo 26 de 2026. Actualizado: lunes, mayo 25, 2026 22:05
Luis Ángel Muñoz Zúñiga
El jefe indígena Seathl y el poeta Neruda, coincidieron en sus concepciones personales sobre el valor vital y cultural de los ecosistemas. Las comunidades milenarias demostraron que sí fueron gratas con la armonía y la frescura del planeta. Seathl y Neruda denunciaron que la civilización, la industrialización y el urbanismo, en cambio, enfermaron la tierra. Entendámoslo con el siguiente hecho: el gobierno norteamericano, en 1865, le propuso comprar sus tierras a la tribu Duwamish. La comunidad le respondió al presidente Franklin K. Pierce, con la Carta del Gran jefe Seathl: “Mis palabras son como las estrellas. Ellas no se ocultan. ¿Cómo se puede comprar o vender el cielo, el calor de la tierra? Esta idea es extraña para nosotros. Hasta ahora nosotros no somos dueños de la frescura del aire ni del resplandor del agua. ¿Cómo nos lo pueden ustedes comprar? Cada porción de esta tierra es sagrada para mi gente. Cada espina de brillante pino, cada orilla arenosa, cada bruma en el oscuro bosque, cada claro y zumbador insecto es sagrado en la memoria y en la experiencia de mi gente. Nosotros sabemos que el hombre blanco no entiende nuestras costumbres. Para él, un pedazo de tierra es igual a otro; porque él es un extraño que viene en la noche y toma de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana, sino su enemigo, y cuando la ha conquistado, sigue adelante. Su apetito devorará la tierra y sólo dejará atrás un desierto”.
Pablo Neruda, Nobel 1971 de Literatura, gran poeta chileno, en su “Canto General”, homenajea la cultura precolombina en su relación con la tierra. Su poema épico hace un recorrido de las culturas precolombinas, la colonia, las independencias y los años cuando las patrias fueran sometidas a tinieblas por los barbaros imperialistas. Neruda nos señala cómo durante la época colonizadora y, después, en las incipientes repúblicas, las ambiciones personales se impusieron destruyendo los ecosistemas armónicos. “A las tierras sin nombres y sin / números/ bajaba el viento desde otros dominios, / traía la lluvia hilos celestes, / y el dios de los altares impregnados/ devolvía las flores y las vidas. / En la fertilidad crecía el tiempo. / (…) Germinaba en las terrazas/ el maíz de las altas tierras/ y en los volcánicos senderos/ iban los vasos y los dioses. / La agricultura perfumaba/ el reino de las cocinas/ y extendía sobre los techos/ un manto de sol desgranado/ (…) “Cuando sonó la trompeta, estuvo/ todo preparado en la tierra / y Jehová repartió el mundo/a Coca-Cola Inc, Anaconda/ Ford Motors, y otras entidades: / la Compañía Frutera Inc./ se reservó lo más jugoso,/ la costa central de mi tierra, / la dulce cintura de América/.
Hoy, siglo y medio más tarde, las malas noticias mundiales confirman que el Gran jefe Seathl tenía razón: se derriten los polos, reduce el territorio del sudeste asiático, frío extremo en zonas de Canadá, Estados Unidos y cuatro países del Reino Unido, inundación en Brasilia, ciclones en América Central, derrumbes en el Chocó, sequía en la Guajira e incendios forestales en Vichada y Valle. Estas son señales que no está lejano el día de tener que habitar como sobrevivientes en un planeta inhóspito. Claro, advertido, recordemos que desde hace medio siglo, veníamos viviendo en tiempos aparentemente en que aún se cumplían las estaciones, pero desatendimos a científicos y ambientalistas que previeron la alteración climática. Ellos anunciaron las catástrofes que causarían la contaminación debido al uso de energías fósiles, la destrucción de la capa de ozono, la deforestación, los depósitos de toneladas de desechos en los mares, la contaminación de los ríos, los monocultivos latifundistas, el uso de fungicidas, los campos minados, las guerras devastadoras y la minería ilegal a base de mercurio. Los escuchamos con desdén y los tildamos de apocalípticos. A pesar del “MANIFIESTO PARA LA SUPERVIVENCIA” (1972), sucedió que ningún Estado emprendió políticas serias para la prevención y la salvación del planeta.
Leamos un fragmento del extenso manifiesto de un grupo ambientalista: “Por desgracia, el hombre actual se comporta como si no supiese nada acerca del medio ambiente y no tuviese noción de su carácter predecible. Es más, le dispensamos un trato brutal e inadecuado, como si fuésemos esclavos estúpidos y voluntariosos. Al parecer, nunca nos hemos parado a pensar que en la selva tropical lluviosa habitan innumerables especies de insectos y, sin embargo, no ha sido devastada por ellos; y tampoco parece que nos diésemos cuenta que la radiante exuberancia de estas selvas no depende de los bombardeos con toda clase de insecticidas, herbicidas y fungicidas. Seguimos irrigando los campos de trigo y las huertas de coles con productos químicos sintéticos, contrariando absurdamente la ley invariable de los ecosistemas con estabilidad, diversidad y complejidad. Eliminamos un número cada vez mayor de especies animales y vegetales. No es preciso aniquilar por completo la ecósfera para provocar la catástrofe”. (MANIFIESTO PARA LA SUPERVIVENCIA. 1972, Alianza Editorial. Edward Goldsmith, Robert Allen, Michael Allaby, John Davioll, Sam Lawrence).
La indiferencia continuó, pese que las Naciones Unidas publicó “MISIÓN RESCATE: PLANETA TIERRA” (1994), edición para niños de la Agenda 21. No cesó aunque la National Geographic, en septiembre de 2002, dedicó una edición especial que tituló: “El estado de salud del planeta. Un informe mundial”. Y que dos años después, en septiembre de 2004, la misma revista científica, presentó otro: “Informe de un planeta más caliente”. Así mismo, un sin número de ambientalistas, con esfuerzo personal, publicó crónicas de una catástrofe anunciada, destacándose: “REQUIEM POR LA TIERRA” (1996), de Pedro Manrique; “El Cambio Climático Global. ¿Cuántas catástrofes antes de actuar?“ (2004), de Vicente Barros. También, “La rebelión de Gaia” (2007), de Jorge Blaschke; “El planeta inhóspito. La vida después del calentamiento” (2019), de David Wallace-Wells. Suficientes estudios. Acaso, ¿será que esperar más catástrofes, siguiendo indiferentes ante la ambición destructora de los poderosos que extinguen la vida en el planeta? Ni siquiera nos importó la Cumbre Climática COP26 de Glasgow (Reino Unido), contra el calentamiento global sin retorno, reunida en noviembre de 2021.
Con once o doce grados más de calentamiento -según David Wallace Wells-, la mitad de la población mundial, tal como hoy está distribuida, moriría debido al calor directo. El calentamiento global, tendrá efectos inimaginables: incendios forestales que abrasarán dieciséis veces más extensiones, centenares de pueblos cubiertos por las aguas y, en las ciudades que albergan a millones de personas, salir a la calle en verano será riesgo mortal.
Fin de los artículos
Ver mapa del sitio | Desarrollado por: