Recuerdo lo emocionante que era el Halloween cuando niño. Aguardaba la llegada de la noche para vestir el viejo disfraz de Superman que repetía año tras año.
Y al final de la noche, después de haber recorrido las calles de mi barrio; el obligatorio conteo y clasificación de dulces de los más sabrosos a los menos gustosos. Crecería y el Halloween se convertiría en otra cosa… Algo más para adultos.
Pero cuando llegaron mis dos hijas pude volver a cantar el triqui triqui, aunque sólo unos años hasta que se crecieron el par.
Este Halloween, gracias a Sebastián -el niño de mi pareja- pude volver a vivir la experiencia. Me disfracé, compré dulces para repartir y hasta involucré un viejo esqueleto de utilería para adornar la casa.
El chiquitín por estar un poco indispuesto tuvo que retirarse temprano. Pero yo estaba decidido a no perder mi Halloween.
Me instalé en una silla de plástico a la entrada de la casa con sendas bolsas de dulces. Los minutos pasaron y no escuchaba los tradicionales cantos. Concluí que no era igual a la época de mis hijas y mucho menos a cuando era yo el que cantaba disfrazado.
Iba a retirarme resignado cuando percibí una algarabía. Muchos jóvenes y pocos niños se aproximaron fascinados por el esqueleto y cantando la tradicional copla.
“Hey, pero ustedes no son tan niños”, dije riendo mientras les repartía todos mis dulces. “Legalmente todavía somos niños”, me contestó una ladina y maquillada lolita mientras sus amigas, iguales que ella, sonríen con picardía.
Los observo partir, entro a casa y me digo a mí mismo: “¡Como han cambiado los tiempos!”
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