De niño fui fan de una serie llamada “Héroes de la Biblia”. No me perdía ningún capítulo a pesar de que se trasmitían en horario nocturno.
Y de las cosas que más me atraía de los diferentes episodios eran los milagros portentosos. Un mar que se abría de par en par, un hombre dueño de una fuerza con capacidad de derrumbar edificios, aguaceros de cuarenta días e incluso hasta la fulminación instantánea de grandes ciudades eran, y siguen siendo hoy, maravillas para mí.
Al crecer comencé a considerar que tales fenómenos sobrenaturales, que llamamos milagros, se circunscribían a épocas bíblicas, pero no, no es así.
Los milagros los definimos como sucesos y eventos extraordinarios que no pueden ser explicados por la lógica o las leyes de la naturaleza, y que, por ende, sólo podríamos atribuirlos a un ser sobrenatural, o Dios, que para mí es lo mismo.
Este fin de semana visité la Basílica de Buga y el museo que se encuentra a su costado. Quedé impresionado de las miles y miles de placas de agradecimiento por milagros concedidos. Incluso bromeé con mi acompañante diciéndole que aquellas chapas eran mucho más dicientes que los virtuales likes y que demostraban de manera impresionante la eficacia milagrosa del santuario
De regreso a Cali medito y me doy cuenta de que en los últimos años he vivido acontecimientos que por su coincidencia, relación causal y naturaleza extraordinaria son verdaderos milagros.
Eventos que antes de su ocurrencia deseaba de manera consiente e inconsciente que sucedieran.
Concluyentemente creo en Él cuando señaló: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallareis; llamad, y se os abrirá.”
Comments
Fin de los artículos
No hay más artículos para cargar






