En febrero publiqué una columna celebrando mis primeros 2,500 km como motociclista. Recuerdo que concluí aquella nota con un sentir que reza: “si cuatro ruedas mueven el cuerpo, dos mueven el alma.” ¡Bello!
Me abstuve de citar otra sentencia que es común entre los moteros. Una presagiadora máxima que dice que los motociclistas se dividen en dos: entre los que se han caído y los que se van a caer. Yo, como todos antes de que ocurra, me consideraba una singular excepción, pero…
De niño siempre me produjo gran fascinación ver rodar las monedas sobre el suelo. Ese perfecto equilibrio mientras daba vueltas el metálico dinero era algo casi que mágico para mí. Concluí entonces que las monedas, los aros de ula ula y las ruedas de las bicicletas jamás se caerían mientras estuviesen rodando. Conclusión que aplico ahora de viejo para la moto. Y sí, ha sido relativamente válida para mí.
Las caídas que he sufrido desde que publiqué la nota en febrero -reconozco que las han habido- nunca han sucedido rodando, por el contrario siempre me han pasado con la motocicleta quieta. Y lo que es peor, siempre golpeándome en la misma rodilla desamparada sin protección. Pero como la letra con sangre entra, hoy día ya no me atrevo a treparme en una moto sin las rodilleras bien puestas.
Sirva queridos lectores esta monserga para aconsejarle a los fanáticos de las dos ruedas el correcto uso de los elementos de protección, especialmente las rodilleras.
Dicen que ir en moto es lo más divertido que se puede hacer con los pantalones puestos, pero si es con rodilleras, mucho mejor.
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