Mi primer contacto con la pantalla fue con el televisor ¡Era en blanco negro! Luego, a medida que los años trascurrieron he sido testigo de una evolución no sólo de la corporeidad del artefacto sino de su esencia. Hoy son “inteligentes”. De igual forma me ha ocurrido con muchos otros aparatos que nos brindaron delectación en nuestro diario vivir y desenvoltura laboral. Vengo de la era del casete en el cual grababa la música de moda, del Atari con el que jugaba en el televisor, del enorme computador de discos “floppy” y del teléfono de cable y dial giratorio. Poco a poco me he adaptado a los nuevos equipos, a las redes sociales, al “nuevo paradigma”. Pero a pesar de sumergirme en esa red siento que cada vez se hace más complicada mi adaptación. Y surge un temor… ¡Que la virtualidad nos conquiste!
Yo me aferro a la realidad. Ese será el problema de los del siglo pasado. Valoramos la “realidad”, queremos tener los pies sobre la Tierra.
Keanu Reeves –el actor de Matrix- en una conversación le relató a un entrevistador que fue invitado a comer en la casa del director de la película. En la mesa conversaban sobre lo preocupante que sería el futuro inmediato por el hecho de no poder distinguir lo que es y no real. Una de las hijas adolescentes del director, que los acompañaba en la cena, manifestó: “¡Y a quién le importa!”. Keanu sorprendido le preguntó: “¿No te preocupa no poder distinguir entre lo que es real y lo que no?”. La chica sonríe, y le contesta como haría cualquier adolescente hoy: “No.”
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