Un anglicismo que prácticamente hace parte ya de nuestro español. Si escribo “matoneo” con seguridad no me entenderían, y como la misión del periodista es ser claro en el mensaje, ¡Bienvenido el inglesismo!
Recuerdo que cuando estaba en el colegio sufrí e infringí bullyng a mas no poder. Una condenable práctica que hasta donde sé, no me traumatizó y mucho menos a mis sádicos compañeros. Incluso hoy, ya cincuentones todos, la seguimos practicando en nuestro grupo de WhatsApp, lo cual nos hace retroceder en el tiempo y sentirnos de manera virtual en nuestro muy excéntrico salón de clases.
Pero hoy las generaciones son distintas. Mi generación X es mucho más cuero duro que los milennials y ni qué hablar si nos comparamos con los centenials, para quienes la susceptibilidad raya en flor de piel y el bullyng tiene consecuencias funestas.
¿Por qué nos gusta hacer bullyng? Tal vez obedece a una pizca de sadismo impreso en nuestro ADN. Puede ser también nuestro inconsciente fervor por el humor negro o simplemente una respuesta natural a la ausencia de autoridad y control. Sea como fuere, nada ni nadie se escapa hoy de tan desalmada costumbre. Más aún cuando advertimos que las redes sociales se han convertido en el campo perfecto para magnificar colosalmente la perversidad. Si no se amparan las deidades sin importar el credo, mucho menos sus representantes sobre la Tierra. Y ni qué hablar de las autoridades políticas. La forma en que hizo BUM el “Así lo querí” de nuestro Presidente, un error idiomático que cualquiera podría cometer, es prueba de que del cruel bullyng nadie, pero nadie se salva.
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