Inmensa es la gratitud que debemos profesar los colombianos de bien con la DEA, la agencia americana que en inglés traduce Drug Enforcement Administration, “Administración de Cumplimiento de Leyes sobre las Drogas”, en español, y que pertenece al Departamento de Justicia de los EE.UU.
Fue por la gestión de esta agencia –No del gobierno nacional- que los colombianos pudimos descubrir la aberrante corrupción que infecta el más alto nivel de la rama judicial.
Es tal el grado de descomposición que la opinión pública creó el aberrante y diciente calificativo de “Cartel de la Toga” para referirse a ella.
Pero como si lo anterior fuese poco, ahora la misma agencia americana nos sorprende nuevamente revelando como uno de los visibles cabecillas de las Farc que negociaron el acuerdo de paz en la Habana con el gobierno nacional, y que irónicamente era hoy un honorable congresista en virtud del mismo convenio, es ni más ni menos que un criminal narcotraficante.
Cuando estudiaba en el colegio, mi profesor de física solía terminar las demostraciones de los teoremas escribiendo en mayúsculas las letras QED, simplificación de la expresión “Queda Entonces Demostrado”, o Quod erat demonstrandum, al mejor estilo de Arquímedes o Euclides cuando exponían sus pruebas.
Fueron muchas las razones que me motivaron a votar No en el pasado plebiscito, una de tantas se basaba en el hecho de que me parecía inconcebible que un gobierno se sentara a negociar de tú a tú con delincuentes. Muchos fueron mis detractores, pero hoy, gracias a la DEA, puedo expresar que todo lo que se criticó al llamado acuerdo de paz era más que cierto… ¡QED!
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