Quien se iba a imaginar hace 30 años cuando se inició la cuantificación del delito, que este se iba a transformar de manera dramática en un monstruo de mil cabezas con una metamorfosis que ha rebasado todas las estrategias y superado todos los esfuerzos económicos que la sociedad caleña ha hecho para derrotar a este leviatán. Cali ha sido zonificada como lo son todas las ciudades del mundo, en barrios, calles y manzanas, unos más peligrosos que otros, pero fundamentalmente han dado cuenta de los lugares y sitios por donde se puede vivir y por donde se puede transitar.
Las metáforas de la leyenda urbana han determinado que en cada barrio, calle o manzana, operan las llamadas fronteras invisibles, donde bajo el esquema del control territorial por parte del crimen organizado se sabe hasta dónde llega la libertad y la seguridad y donde se da inicio a la cadena implacable de la muerte. Las políticas de seguridad y sus estrategias, siempre se han diseñado de cara al control de esos territorios para arrebatárselos a la delincuencia, en una lucha incansable que en el caso particular de Cali, nos tiene todavía a la saga de las ciudades que han logrado recuperar la seguridad y que manejan tasas de homicidios menores a la nuestra, que todavía no se reduce a menos de 51 homicidios por cada cien mil habitantes.
Lo que nunca nos imaginábamos es que además de calles y barrios peligrosos íbamos a agregar a esta cartografía los semáforos, que en estricto sentido regulan la movilidad y que han dejado de serlo para transformarse inicialmente en lugares de confusión y caos, con limpiavidrios agresivos y criminales de poco peso, a verdaderos territorios que como las calles y los barrios, son controlados por el crimen organizado. Llegar a un semáforo nos llena de terror.
El semáforo en lugar de dar tranquilidad, genera miedo, al punto que muchos optamos por buscar otras alternativas evitando llegar al semáforo. Los sucesos recientes de hurtos y robo a mano armada de miles de caleños, en distintos semáforos de la ciudad, deben tener una respuesta implacable por parte del Alcalde, diseñando una operación de control militar y de inteligencia de los semáforos del terror, desalojando y reprimiendo sin ningún tipo de garantismo a todos los que han convertido el semáforo en un circo y los que los controlan para atracar y asesinar. No es posible, que se tenga que presentar el atraco a un exconcejal de Cali, quien fue salvado milagrosamente por otro ciudadano, para que la Administración ponga el grito en el cielo tardíamente, ante un hecho que se repite y se multiplica en todos los semáforos de Cali y que en la lógica del Alcalde no requería ningún tipo de atención a pesar de todos los gravísimos problemas que a diario se reseñan.
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