Lo sucedido el fin de semana en Pereira, Armenia y Florencia, en donde las actividades políticas de “Timochenko”, “Iván Márquez” y de un grupo de candidatos de las Farc terminaron en abucheos y protestas de la comunidad no me parece extraño.
Durante 50 años estas personas atemorizaron al país y acumularon motivos para alcanzar un 98% de imagen desfavorable.
El proceso de paz que les permitió reinsertarse a la vida civil se efectuó de espaldas a los colombianos y la mayoría de la población considera excesivas las concesiones que se le otorgaron al grupo subversivo.
El desconocimiento de los resultados del referendo, las actitudes prepotentes de los excomandantes, las frecuentes disidencias, la no salida de los menores de las filas, la poca transparencia en la entrega de las armas y de los bienes del grupo han enrarecido más el ambiente en torno a la supuesta paz estable y duradera que prometió Santos. Por decreto se pueden ordenar muchas cosas pero no la confianza y la aprobación de la gente.
Hacer política es salir a la plaza a buscar el respaldo popular. ¿Realmente pensábamos que esto iba a pasar por arte de magia? Pasará mucho tiempo para que en el imaginario colectivo de los colombianos las Farc dejen de ser un grupo guerrillero que asesinó, secuestró, extorsionó, perpetró ataques terroristas, traficó cocaína, violó mujeres y reclutó menores, entre otros delitos.
Tras los acuerdos, las Farc debieron hacer actos masivos para solicitar el perdón de los colombianos. Abuchearlos es un recurso que tiene la sociedad para expresar el sentimiento de dolor tras tantos años de vida criminal. Es una catarsis que debe darse, permitirse y aceptarse.
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