Me había prometido no volver a opinar sobre nuestras guerras y sus negociaciones. Me he negado sistemáticamente a hacerlo igualmente sobre las imperfecciones y la grave situación que va a afrontar el país en estos próximos años, cuando la única tarea pendiente sea la implementación de los acuerdos en el postconflicto.
Pero resulta que el accionar del ELN y sus posturas en la mesa de negociación y su su plataforma de guerra de guerrillas urbana me hace pensar seriamente en que este grupo terrorista ni tiene ni le falta voluntad como extrañamente plantea el presidente Santos, al suspender los diálogos, sino que el ELN está decidido a copar las ciudades y gerenciar como lo hicieron las Farc en el sector rural, la cadena de la economía del narcotráfico.
Su apuesta es reeditar los pasos que en las diversas negociaciones construyeron las Farc, haciendo terrorismo hasta negociar en La Habana un acuerdo que les dio inmensas concesiones políticas.
Los escenarios que está poniendo en marcha el ELN, parten del presupuesto de que 180 mil hectáreas sembradas, deben tener una estructura militar al frente, pues este patrimonio, es tan lucrativo como encontrar cinco pozos nuevos de petróleo, a sabiendas de que la cocaína actualmente es un delito político conexo.
Si la Farc llenaron de sangre los campos, el ELN lo hará en las ciudades, alternando como lo está haciendo con pequeños respiros de negociación para fortalecerse militarmente. Estamos no ante un grupo narcoterrorista, con estructura conspirativa elaborada y sostenida durante muchas décadas que a diferencia de las Farc, sí construyó milicias urbanas como lo demuestran los actos terroristas de Barranquilla.
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