No es sobre matemática que voy a escribir, aunque tengo una particular fascinación por las series geométricas, un encanto que con seguridad comparto con el mundo bacteriano por la maniática reproducción exponencial en que viven. No, hoy me tomaré la libertad de escribir sobre un tema más frívolo: sobre las series de televisión.
Confieso que nunca me habían gustado las series, tal vez porque las relacioné desde niño con las telenovelas rosas -¿telebobelas?- tipo Corin Tellado. ¡Aclaro que no guardo animadversión por esta autora considerada la segunda más leída en la lengua española después del autor del Quijote!
A pesar de mis temores me atreví por recomendación y hace meses a explorar el universo del entretenimiento que ofrecen las modernas series; eso sí, con la tranquilidad de disponerme a consumirlas no sin antes cerciorarme de que ya estuviesen finiquitadas por completo en lo que compete a su producción. ¡No soy hombre de esperas!
Tuve la fortuna de iniciar mi exploración con una de las series –lo sabría después de verla- que fue catalogada como una de las mejores: “Breaking Bad”. A partir de entonces quedé contagiado de esta moderna pasión y no me arrepiento. Eso sí, siempre asegurándome al verlas de que no tenga que aguardar por futuras entregas no realizadas aún.
Considero esta espera exasperante en un mundo acelerado en el que vivimos en tiempo real. Son pocas las que he visto hasta ahora, pero como suelo leer en las redes sociales solicitudes de recomendación al respecto, listo mis -hasta hoy- favoritas, además de la primera ya mencionada: Mad Men, Lost, Black Mirror y Fargo. ¡Espero les gusten!
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