Cali – Pance

Fabio Cardozo

Todas las ciudades de este mundo tienen su encanto: un recodo memorable, un rincón al que siempre queremos volver, las viejas montañas que soplan alentándonos la vida, las playas que nos arroban los sentidos y los ríos de aguas gélidas que nos los devuelven, en fin…

Todos estos sagrados lugares quisiéramos conservarlos, como lo hacemos en los recuerdos, constituyen esa memoria urbana que nos vincula entrañablemente al territorio, fatalmente impactada por transformaciones radicales, asociadas muchas veces con su degradación o, su franca y dramática desaparición.

Estoy seguro que a todos los habitantes de Cali nos gusta Pance. Cuando lo visitamos cambia la temperatura ambiente con el ánimo nuestro, nos dan ganas de conversar, de correr, de pedalear, de querernos, mientras pensamos que tan fría están sus aguas, para someternos al tiestazo de una zambullida.

Tanto así como dicen algunos, que después de leer un libro uno cambia, igual diría: luego de sumergirse en el Pance se es otro, hasta el guayabo quita; este río nos renueva despojándonos de lastres e insuflándonos de buenos propósitos, como el Leteo, el río mitológico que cumplía similar oficio.

Por estas y por todas las demás razones que ustedes podrían aportar, me entristece la suerte que viene corriendo este bellísimo paraje. Para empezar el río lo desaparecen las pavorosas construcciones que comienzan a la altura de la vuelta del boje, ahí lo privatizan ante la mirada impotente de sus atolondrados ciudadanos, y de La Vorágine para arriba destartalados negocios florecen en su seno, sin que por ningún lado aparezca autoridad alguna. Un día de estos también desaparecerá el arrinconado Parque de la Salud. ¿Será que permitiremos?

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