Ser émulos de Francisco de Paula Santander no consiste en reformar la Constitución Política y relevar a cada rato las leyes.
La anarquía leguleya incide nefastamente en las costumbres y en las instituciones sociales, eso pasa con el caso de las reformas curriculares educativas. Cuando los legisladores quieren trascender electoralmente, en vez de proponer nuevas leyes que reformen estructural y funcionalmente la hacienda pública, la justicia y el sistema de salud, se dedican de manera menos comprometedora al “patrioterismo” ramplón.
Por eso han vuelto una colcha de retazos los programas de estudio, los remiendan, los globalizan y terminan volviendo al pedazo de tela viejo que quitaron. ¿Qué ha pasado con el área de ciencias sociales que tradicionalmente estuvo conformado por las asignaturas de historia, geografía y cívica?
Lo rellenaron con educación para el hogar, cátedra bolivariana, cátedra de la paz, educación para la democracia, economía política y constitución política. Un día se les ocurrió que era en vano la historia como asignatura independiente y le relevaron de rótulo. Y entre las historias de nuestra historia, ahora a la senadora Vivian Morales se le antojó que volviéramos a dictarla como antes.
Como todavía no hemos elegido congresistas que forjen un movimiento por el derecho alternativo que se contraponga al manoseo y la inestabilidad de la educación, que el magisterio proclame un movimiento pedagógico por la autonomía curricular.
Los docentes saben que al dictar historia, más que someterse a hacer un listado de guerras, nombres de próceres y obras de gobierno, sólo cumplirán con su deber pedagógico si crean conciencia interpretando los verdaderos hechos.
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