Halloween

Rodrigo Fernández Chois

De niño aguardaba con ansias la llegada de tres fechas especiales: contaba los días para la llegada del alba de mi cumpleaños y los que hacían falta para la noches del día de Navidad y la de brujitas, o de Halloween como le dicen en todo el planeta.

Las dos primeras significaban regalos, pero la última tenía una particular magia: la posibilidad de convertirme en otro ser y recibir dulces a manos llenas que abastecían mi fuente de calorías para ejecutar las más enérgicas y vivaces travesuras.

Aún hoy las tres fechas siguen siendo especiales. Y en el caso del Halloween, lo posibilidad de transformarse en otro ser sigue siendo fascinante… lo de las calorías ya no tanto.

Pero, ¿de dónde surge esta fascinación de poder ser otro durante una noche? Una creíble respuesta podría encontrarse en la oportunidad inconsciente de hacer diabluras sin que nadie conozca nuestra identidad. O podría ser la de simplemente experimentar una noche de carnaval en la que los antifaces nos permiten interactuar sin que existan diferencias o polémicas entre nosotros.

Sin embargo, me gusta también creer que el Halloween es una noche en la que volvemos a ser niños, en la que dejamos ver lo que realmente somos quitándonos las máscaras que nos acompañan los restantes trescientos sesenta y cuatro días del año y con las que representamos la tragicomedia del gran teatro de la vida.

No dudo de que existen desadaptados y majaderos que realizan en esta fecha actos supuestamente ocultistas, pero eso harina de otro costal.

Para mí el Halloween es y seguirá siendo una noche encantadora repleta de sorpresas carnavalescas.

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