Portar una toga como juez es uno de los máximos orgullos que puede tener un ciudadano. Tuve ese gran honor al desempeñarme como magistrado de alta corte, aceptando el mandato otorgado por la Constitución de administrar justicia.
Por eso me causó indignación que en la protesta hecha en diferentes ciudades para reprochar los presuntos actos de corrupción en la Corte Suprema de Justicia, un grupo de abogados tirara al suelo la toga.
Mi indignidad es por ver en el suelo la prenda que representa a todos los jueces, que en su gran mayoría son personas dedicadas a su trabajo. Tirar la toga al suelo es insultar a más de 34.000 servidores que tiene la Rama Judicial.
Me niego a creer que los despachos judiciales están ocupados por personas que se conciertan para cometer delitos. Conozco a muchos de los funcionarios y en mi papel como magistrado tenía que investigarlos y disciplinarlos si era del caso.
Impuse sanciones a quienes actuaron por fuera de la ley, deshonrando la dignidad que ostentaban, pero pude constatar que la mayoría de los funcionarios y empleados se consagran a su trabajo.
No se puede estigmatizar a todo un sector por actuaciones de unos cuantos, que si bien son inaceptables, no están generalizadas.
La justicia está llamada a sancionar de manera drástica los hechos de corrupción y con más severidad cuando el mal está en la misma institucionalidad.
Por eso esperamos que no solo se hagan anuncios de investigaciones, que se proceda con actuaciones claras, consecuentes con la gravedad de los ilícitos por la responsabilidad conferida a quienes los perpetraron.
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