Hace un año ejercí mi derecho a votar. También ese día mi madre, quien no votaba desde hace bastante tiempo, quiso hacerlo.
Ambos nos dirigimos al puesto de votación aquel soleado domingo con la sensación de que seguramente estábamos “sembrando en el mar y cosechando en el viento”; sin embargo, ella y yo queríamos tener nuestras conciencias tranquilas.
Pretendíamos madre e hijo decirle “No” a un acuerdo negociado en la Habana que a nuestro juicio no representaba la tan anhelada paz con la que muchos colombianos soñamos desde que nacemos en este bello y singular país. Por esa razón votamos “No” en el plebiscito y lo hicimos presumiendo que íbamos a perder.
Era entendible nuestra sensación de derrota ya que el “Sí” era el contundente ganador, según el vaticinio de todas las encuestas de opinión.
Además el “Sí” era la opción del gobierno y por ende toda su maquinaria, recursos, medios, publicidad estatal y artimañas propias que sustentan ese viejo aforismo que reza: “quien escruta elije” estaban encaminados a que el “Sí” fuera el resultado final del plebiscito de aquel domingo 2 de octubre.
Al caer la tarde mi madre encendió un viejo televisor que yo creía un ornamento del estadero de su casa, un lugar que lo recuerdo desde que tengo memoria atiborrado de disímiles matas, flores y plantas de diversos colores. Y entonces… ¡Fuimos testigos de cómo el “No” ganó!
Ha pasado un año desde entonces y de aquella victoria solo queda la triste e irritable sensación de burla. Una impresión que seguramente también tienen los que con su abstención dijeron “No” aquel domingo.
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