Sobre este asunto había preferido callar, pero ante los sucesos novelescos de esta semana y el continuo uso para ocultar la realidad de Colombia, haré el ejercicio.
Primero, recuerdo un pasado cuando los venezolanos se creían nuestros primos ricos, producían excelentes rones y nos exportaban sus edulcorados novelones que eran plato fuerte de la parrilla televisiva. Después, las épocas en donde el disparatado Chávez expropiaba por televisión, hasta llegar al presente en donde el iletrado Nicolás Maduro, con sus ridículas declaraciones, confirma cómo el populismo y el autoritarismo son argumentos con mayor poder sobre las masas que el conocimiento.
Por supuesto, no me causaría tranquilidad vivir a través de algún representante del socialismo criollo la confiscación de propiedades o escuchar al presidente balbuceando en inglés incoherencias en contra del imperio. Pero este vecino paupérrimo, gobernado por un clan sin norte, se convirtió en plato de los políticos colombianos para discutir sobre socialismo, populismo, autoritarismo y autodeterminación de los pueblos.
Así, Petro esgrime sus argumentos sobre autodeterminación y la guerra de clases que hundieron el proceso y Claudia López lo refuta con los excesos represores del régimen; mientras en Colombia el Esmad hace de las suyas en la zona minera de Antioquia y sobre eso nadie opina. Y como ellos, Uribe vomita su profunda aversión al ¿comunismo? Pero ¿no era socialismo? Y así entran en escena periodistas, intelectuales y hasta la ciudadanía a diagnosticar y juzgar el futuro venezolano.
Mientras nosotros seguimos asistiendo a los mismos procesos destructores que nos hacen más frágiles a la irrupción de algún cantinflesco líder como estos dos funestos vecinos.
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