Para estos días todos opinan sobre lo que acontece en Vene-zuela, lo hacen hasta quie-nes -como yo- poco conocemos lo que realmente ha venido ocurriendo; motivados o desinformados por los medios masivos de comunicación que de tiempo atrás vienen orquestando una campaña contra el chavismo, no tanto por su estilo provocador, caribeño o por la desfachatez política de su inspirador, sino sobre todo, por la metástasis que amenazó por extenderse por el todo patio trasero de los gringos.
A mí tampoco me deslumbró Chávez, pero sí el chavismo, fruto -debo reconocerlo- de su genio político y de la histórica injusticia social impuesta por las élites y sus corruptos partidos tradicionales, quienes conforman hoy el bloque que lidera la oposición y que compite en violencia con el oficialismo, como lo registran las imágenes que llegan a través de canales que logran romper el cerco mediático que hay sobre Venezuela.
La gran tragedia de Venezuela es que aparentemente no tiene para donde mirar, está entre la mediocridad y el autoritarismo de Maduro y el regreso al pasado que representa la oposición. La apuesta que parece imponerse en esta contienda, es el arrasamiento del adversario que implicaría la profundización de su conflicto social y político, sin el asomo de una salida democrática.
Los EE.UU. marcarán el tono del aislamiento diplomático y económico, los demás países de la región, como el nuestro, seguirán sus dictados. Cada que estos regímenes se refieran a Maduro lo llamarán sin pudor dictador, olvidando su propia historia de expoliaciones, muerte y barbarie.
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