Rigoberto Urán ha sido un luchador impresionante. Su vida es un ejemplo maravilloso, al igual que la de Nairo Quintana, así como la de muchos de nuestros deportistas, que para poder triunfar como tales deben salir al exterior, donde se instalan por varios años hasta que el fruto de su esfuerzo sale a relucir maravillosamente. Lo que molesta es que poco importó su triunfo en Colombia, pese a que estuvo a 54 segundos de ese “monstruo” del pedal que es el señor Froome. Me siento orgulloso de ese paisa desinhibido, que alguna vez nos dio una medalla de plata en unos juegos olímpicos.
Ese valioso hecho contrasta con el retorno al país del mal recordado exfiscal Eduardo Montealegre, quién se había instalado parece que para siempre en Alemania, para recibir un jugoso contrato cuyo objetivo es el de trabajar en temas de paz, adjudicado por el mi-nistro de justicia, Enrique Gil, en contraprestación a otro contrato que Gil recibió del exfiscal, cuando desarrollaba su vida como litigante.
“Tú me eliges, yo te elijo”, axioma de un carrusel que nunca se acaba. Otro contraste es de los políticos inmersos en hechos de corrupción y de “mermelada” a manos llenas, que ya salen a la palestra pública a prometer, precisamente, luchar contra ese terrible flagelo. Todo porque aspiran a ser reelegidos, sin sonrojarse.
Y ni qué decir de aquellos que acaparan todo. No le dan oportunidad a gente diferente. Luis Ernesto Vargas, exmagistrado de la Corte Constitucional y Carlos Camargo, ex del Consejo Electoral, se introdujeron en la comisión arbitral del fútbol colombiano. ¡Una belleza!
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