Este concepto implícitamente en desuso trata sobre la fidelidad que encierra tras de sí la fe y la confianza depositada en las ideas y acciones de otro.
Parece como si la sociedad contemporánea considerara de mayor valor al desleal que a aquel que practica la lealtad. Estas informaciones lo corroboran.
El exembajador Juan Carlos Pinzón estuvo en la primera plana de los diarios, no porque hubiera obtenido algún logro en su gestión sino porque lanzó una candidatura a la Presidencia involucrando la deslealtad a su mentor, el presidente Santos. El Presidente, quien reaccionó ofuscado ante la acción de su protegido, en muchas ocasiones hizo apología a la deslealtad. “Soy un traidor a mi clase” frase que él acuñó orgullosamente.
Pero no solo es en el acontecer político que la felonía se impone, ahora el señor José Galat causa un mini cisma en contra del papa Francisco y los jefes del episcopado colombiano, todo porque está en contra de pequeños cambios conceptuales realizados al interior de la iglesia católica.
El señor Galat agrede públicamente la institución que él dice defender. Pero, bueno, esa es la contradicción del traidor, justificarse construyendo dogmas sin autoridad teológica alguna, como si las ideologías y los credos no pudieran evolucionar y actualizarse a su interior.
Y sino miren esta frase obtenida del evangelio de Lucas 16:
“la ley y los profetas eran hasta Juan, desde entonces el reino de Dios es anunciado y todos se esfuerzan por entrar en el”. Clara observación de renovación en este credo.
Solo queda reflexionar: exaltamos esta virtud o la dejamos extinguir.
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