El recipiente sobre el cual se mezclarán y guisarán los ingredientes de una tiranía debe estar en capacidad de contener los abusos, violencia y engaños con los que una ciudadanía pacífica terminará siendo sometida al régimen de una doctrina asesina, miserable, resentida, intolerante y excluyente.
Este receptáculo lo tienen los infames terroristas cuando son amnistiados tras haber fracasado en su intento sanguinario por hacerse al poder, cuando para seguir intentando alcanzar sus caprichos mesiánicos, deciden cambiar de estrategia y de piel, pasan de lobos a corderos. Así sucedió con Chávez…
Una vez obtienen el ingrediente de la impunidad por delitos atroces y crímenes de lesa humanidad, componente que tiene un fuerte aroma a debilidad y a cobardía estatal, proceden a picar la Constitución vigente, con todo y su institucionalidad, para crear la salsa de la regeneración política, de la renovación, del enaltecimiento de unos valores por ellos jamás predicados ni practicados, pero de los que resultan abanderados. Acto seguido, adicionan finas y abundantes rodajas de control estatal para controlarlo todo y así supuestamente repartir mejor una riqueza que resultarán saqueando. Así sucedió con el partido socialista unido de Venezuela…
Con el plato de la tiranía casi listo, falta dársela a probar a los hambrientos para su aprobación, de ahí que para encender la llama de la polarización, se agreguen unas onzas de participación ciudadana marinadas en consulta popular… Así está sucediendo con las farc y con la unidad nacional, de ahí el florecimiento de la autocracia en Colombia, ¿o acaso parece esto una referencia exclusiva a la tiranía que padece la destrozada Venezuela?
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