Cuando mentir es enfermedad y delito

Francois R. Cavard

Existen los mentirosos compulsivos y los patológicos. El mentiroso compulsivo miente por costumbre pues se habituó a engañar, en tanto que el mentiroso patológico miente con pleno conocimiento y para el logro de un objetivo. Como puede estarnos constando y costando ahora en Colombia, no son excluyentes entre sí este par de patologías.   

Uno de los síntomas que desenmascara al mentiroso es su irritabilidad cuando es descubierto; otro es la resultante incapacidad para cumplir con los compromisos; el tercero de los síntomas es su proceder impulsivo, arrebato que lo lleva a cometer errores que delatarán su cuarto síntoma, el de fabricar una compleja red de mentiras para encubrir toda su ficción… ¿Les parecen conocidos estos síntomas?

Las mentiras que pudiera decir Juan Manuel Santos como ciudadano no nos importan, pero las que ha dicho y sigue diciendo de manera compulsiva y patológica como Presidente de la República son asunto de Estado, pues podría estarse ante un cuadro clínico causal de separación del cargo por motivo de enfermedad conforme lo consagra el Artículo 193 de nuestra Constitución Política.

Adicional a faltar de manera grave a su compromiso cuando al posesionarse juró             “… cumplir fielmente la Constitución y las leyes de Colombia.” (Artículo 192 de la Constitución), siguió mintiendo de manera gravísima el presidente Santos cuando intentó burlar su falta de competencia para cambiar nuestra Constitución pidiendo le aprobáramos un acuerdo de paz que sería ilegalmente integrado a ella. Más temprano que tarde se le invocará el Artículo 198 de nuestra Constitución que reza: “El Presidente de la República, o quien haga sus veces, será responsable de sus actos u omisiones que violen la Constitución o las leyes.”

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