El Congreso de la República anuncia que debatirá la obligatoriedad de la historia como asignatura independiente en los colegios. Que a la Ley General de Educación le reformará gran parte de su articulado so pretexto de que la historia vuelva a ser asignatura en los programas. ¡Otra reforma que regresa al pasado! Cuando hace dos décadas relevaron la historia y la geografía hubo profesores que más que pegarse de un programa integrado como ciencias sociales, continuaron su práctica docente convencidos de que “si desconocíamos la historia estaríamos condenados a repetirla”.
El Congreso de la República debería dedicarse a legislar para la solución de los problemas relacionados con el trabajo, la salud, la vivienda y la seguridad social y no mal gastar tiempo en comisiones y plenarias para debatir una asunto de competencia del Ministerio de Educación y que atañe a la autonomía del ejercicio docente.
Si los congresistas van a planear los lineamientos generales de la enseñanza de la historia, ¿por qué no empiezan por incluir como temas unas críticas sobre el papel que ellos han representado en la desfiguración democrática de su país? Los ponentes de la patriótica ley ignoran que la historia no puede dictarse como materia independiente, sino integrada con la ética, la filosofía, la economía, la geografía, la geopolítica y la literatura.
¿Prohibirán que las editoriales hagan su agosto con nuevos textos escolares? ¿Le reconocerán autonomía a los profesores para reivindicar aquel movimiento de la Nueva Historia de Colombia promovido por Jaime Jaramillo Uribe, Germán Colmenares, Orlando Fals Borda, Jorge Orlando Melo y otros connotados historiadores proscritos en otrora?
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