No recuerdo el año escolar en el que leí Utopía de Tomás Moro.
Me acuerdo que leí el libro en su totalidad y saqué buena nota en su evaluación, pero por ser resultado de un compromiso escolar y no lectura de libre elección, no guardo memoria sobre su argumento. Sin embargo, sé que en sus páginas encontré descripciones sociales que para mi tierno criterio no eran tan ideales y románticas como me lo habían hecho creer.
Años después, en la universidad desarrollaría un gusto por la literatura de ciencia ficción. Entonces y de manera curiosa en los prólogos del abanico de libros del género que tenía a mi alcance me topaba con cosas como esta: “el argumento de la obra se desarrolla en una sociedad distópica”, haciendo clara referencia a sociedades contrarias a Utopía. Nunca compartí tales comparaciones antagónicas con la obra de Moro; sin embargo, aquellas sociedades distópicas me llenaban también de aprensión.
Hoy, con unos cuantos años más encima, he descubierto que para nuestra desventura vivimos inmersos en una sociedad tan o peor de distópica que la descrita por los grandes autores de ciencia ficción.
Leer, escuchar, ver o recibir las diferentes noticias de nuestra realidad nacional e internacional me confirma lo anterior. La absurda alienación que conlleva el estar permanentemente
conectados a nuestros celulares, el teatro colosal de las redes sociales que propaga como una gran tragicomedia todas nuestras miserias, la transformación de valores – no escribo pérdida porque supongo que han mutado- y la desmedida ambición material son solo algunas de las características de una realidad que supera con creces a la peor ficción alguna vez concebida.
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