La tozudez, la ceguera y el poco olfato político con el que se viene liderando y administrando el país, asemejan la tarea de un virrey de las épocas granadinas o de un administrador británico colonial.
Parece que la oligarquía del altiplano quiere jugar ruleta rusa con los destinos de la nación, porque se han dedicado a fomentar el desencanto de la gente a través de los abusos y la soberbia al no enmendar sus errores, además del contubernio con los desbordados factores que alimentan la corrupción y la ausencia de justicia en general.
Primero devuelven reformas de impacto social tramitadas por el Congreso, como la que otorgaba a las madres comunitarias derechos laborales y pensionales o la que le otorgaba a los miembros de las JAL honorarios por sus labores o la que disminuye a los pensionados con menos de cuatro salarios mínimos sus aportes al sistema de salud.
Segundo, eligen el peor momento políticamente hablando para justificar ante la ciudadanía la retardataria reforma de impuestos, que nos ha llevado a recesión, mientras se destapaba el escándalo de malversación de dinero que superó por tres veces las soluciones ligadas a la reforma impositiva.
Ahí tenemos a Buenaventura, el Chocó y los maestros, como la reiteración del error en sus determinaciones.
No es el fantasma Castrochavista de la derecha el que nos va a arrollar, es la desilusión del pueblo colombiano ante la ceguera de Santos y de sus inmediatos colaboradores, quienes con sus decisiones equivocadas labran el camino del ascenso de algún tipo de populismo y ese será el fin para nuestro sistema santandereano leguleyo y sin practicidad.
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