El infarto mundial del WhatsApp produjo pánico durante dos horas entre sus mil millones de usuarios, más grave que haber sufrido otro apagón. Nos demostró su vulnerabilidad y como somos dependientes del Smartphone, aquel aparato inherente a nuestra corporalidad, que relevó al reloj y arrulla la existencia con sus soniditos anunciadores de mensajes, audios y videos. Después del apagón, ese mensaje viral de que “por el silencio del WhatsApp me di cuenta que tenía familia”, fue una reflexión sobre su gran paradoja: resuelve nuestros problemas existenciales, pero deshumanizándonos. Sí, porque enviamos flores gratis, imaginarias y sin perfume.
Felicitamos con tarjetas virtuales y dedicamos frases de amor con vasta escogerlas entre las virales. Ahora nuestras visitas íntimas son a través de videollamadas. Si visitamos en persona, somos irrespetuosos por la manía de agacharnos a repasar mensajes. Los escolares se abstraen de clase conectándose a audífonos desde su Smartphone y resuelven su deber de copiar tareas tomando fotos del cuaderno ajeno. Qué hubiera sido de nosotros sin ese marcapasos con pantalla, que calma la soledad haciéndonos sentir vivos con afectuosos saludos anónimos. Que cura miedos y cultiva esperanzas con recetas espirituales y cadenas de sanación.
Que nos reserva chimes y chistes de todos los colores, igual que los sexting para voyeristas. Que contagia la tentación de importunar a los amigos reenviándoles audios a cualquier hora, a media noche o a la madrugada. En el referéndum, el Sí y el No ganaron adeptos a punta de WhatsApp. Recomendaría a los políticos que para blindar de la corrupción sus campañas, mejor se dediquen a whatsappiar. Sale más barato.
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