Se cumple medio siglo de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, pero ya no nos vanagloriarnos de su acogida. Distinto ocurría en mayo de 1967, fecha de su lanzamiento, cuando cursábamos el tercero de bachillerato y la nueva novela nos descrestó, pese haber leído María, El Alférez Real y La Vorágine.
Víspera a la clausura, una mañana el maestro Mario Zúñiga llegó muy efusivo con la novedad literaria. Nos leyó el primer capítulo provocándonos ansiedad de los 19 restantes. Con sus lecturas perdimos la inocencia entre sus páginas, por la analogía que nos hacía soñar de estar cerca a las hermosas gitanas que todavía armaban sus carpas en los mangones que circundaban nuestra ciudad.
La alquimia de Melquiades, las guerras civiles del coronel Aureliano Buendía y el éxodo de sus fundadores guiados por José Arcadio desde Riohacha hasta Macondo, nos hizo presentir que la novela provocaría el fin en la educación memorística por materias.
Cien años de soledad, recreaba literariamente lo que el profesor de Ciencias nos enseñaba con experimentos, lo que en Sociales nos decían con áridos discursos patrioteros y en Religión nos explicaban sobre el génesis y éxodo bíblicos. Los jóvenes sumisos probamos nuestra irreverencia diciendo a nuestros mayores de que vivíamos en el país de Macondo. Hoy los muchachos ya no se deleitan con ese manjar literario. ¿Fue desterrado del currículo? ¿Será que los profesores no guían su lectura con acompañamiento? “No sintió la potencia ciclónica que arrancó los quicios de las puertas y ventanas, descuajó el techo y desarraigó los cimientos”. ¿Libro profético o mera coincidencia temporal?
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